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De Teotihuacan a Palenque ( I )

 

En  la  llamada   “ciudad  donde  habitan  los  dioses”  encontraron  los  perplejos peregrinos  aztecas   los  imponentes  restos  de  una  milenaria  civilización  con inmensas avenidas y gigantescas pirámides,  muy anterior a la que ellos crearían a partir de Tenochtitlan. Nadie consigue explicar definitivamente la decadencia de Teotihuacan,   primer  imperio  mesoamericano,  que  no  tuvo  más  rival  que  su impericia,  ya que  la  tala  sin  reposición  de  los  bosques  que  circundaban tan grandiosa  capital  desecó los terrenos,  y hubo  hambre y revueltas hasta que los desfavorecidos  lograron  expulsar a   sus  dirigentes  para  después  incendiar  y saquear la gran ciudad.

 

Los que escaparon se dirigieron mayoritariamente a la Península de Yucatán llevándose consigo su cultura y sus antiguos dioses, como Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, o el dios Tláloc que volvió a darles lluvias abundantes en las nuevas tierras orientales, donde le llamaban Chaac. Y gracias a las aportaciones de los teotihuacanecas, los mayas decadentes, consiguieron volver a florecer algunos siglos más.

Olvidadas las monumentales ciudades-estado de los mayas, el fraile dominico del siglo XVI, Pedro Lorenzo De la Nada, se encontró en Chiapas con una de ellas en sus incursiones evangelizadoras desde San Cristóbal de las Casas (entonces llamada Ciudad Real). Este misionero rebautizó el topónimo maya Otolum, que significa “tierra de casas fuertes”, denominando Palenque a aquella ciudad perdida, y Santo Domingo de Palenque a la misión que fundó no lejos de ella. 

 

El fraile De la Nada, nada había perdido en estas selvas hasta que encontró en ellas a Itzayana, una indita chole, descendiente de los ajaus mayas de Otolum, y en ella se perdió él mismo sin poder volverse a encontrar. La adoró como a una virgencita sin hacerla su mujer, y se escapó llevándola consigo a las selvas de Tabasco cuando sus superiores pretendieron alejarle de ella.

 

San Pablo dejó escrito que “más vale casarse que abrasarse”, pero Fray Pedro era hombre de fe y tenía jurado el voto de castidad… ¡pobre fraile enamorado! Sus catequizados de Santo Domingo de Palenque contaron cuando ambos desaparecieron sin dejar rastro que, probablemente, Itzayana no era sino una de las muchas apariencias de la hechicera Xtabai. Así que aquí lo dejamos de momento y a la vuelta os diré de esta leyenda yucataneca.

 

                         

 

 

 

 


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